Maximilian sintió un escalofrío que no lograba procesar. Miró a los tres niños alineados en su sofá: Leo, el mayor por apenas unos minutos, con su mirada analítica; y los otros dos, un niño y una niña que compartían esa misma intensidad magnética. Era como verse en un espejo fragmentado.
—¿Crees que un parecido físico es prueba suficiente en mi mundo? —siseó Maximilian, aunque su voz ya no tenía la misma seguridad—. Los laboratorios pueden comprarse, las historias pueden fabricarse. Pero mi his