Los días siguientes fueron un ejercicio de disciplina extrema. Cada vez que Rafael me hablaba, tenía que obligarme a no reaccionar al sonido de su voz, a esperar esos dos segundos necesarios para que mis ojos "leyeran" sus labios. Era agotador. El oído es un sentido instintivo; ignorar el estruendo de una puerta al cerrarse o el timbre del teléfono requería una fuerza de voluntad que me estaba consumiendo.
Pero la recompensa era dulce. Al recuperar la audición, había descubierto que Rafael y Ca