La luz fluorescente del estudio hería mis ojos, pero nada dolía tanto como la mirada de Rafael. Ya no había rastro del novio tierno; frente a mí estaba el carcelero, el hombre que había convertido mi vida en una partitura de sombras. La jeringuilla en su mano brillaba, cargada con el líquido que el Doctor Vivas había preparado para apagarme definitivamente.
—¿Desde cuándo? —preguntó Rafael, su voz era un susurro gélido que cortaba el aire—. ¿Desde cuándo te burlas de mí en mi propia cara, Alici