A la mañana siguiente, el sol entró por los ventanales de la mansión con una claridad insultante. Me desperté antes de que la alarma de Rafael sonara, pero me quedé inmóvil, fingiendo el sueño pesado y aletargado que la medicina solía provocarme. Sentí el colchón hundirse cuando él se levantó. Lo escuché bostezar, estirarse y caminar hacia el baño.
El sonido del agua de la ducha cayendo era una sinfonía de libertad. Antes, ese ruido era solo una vibración lejana en las paredes; ahora, era el re