Mar llegó a su casa —el apartamento de dos habitaciones que había compartido con Ignacio durante dos años— y cerró la puerta con llave, con las manos que temblaban tanto que le costó encontrar la cerradura. El lugar estaba silencioso, demasiado silencioso, lleno de recuerdos que ahora le dolían como puñaladas. En la pared del salón, la foto de ambos en la playa de San Bernardino, con el sol en la cara y Ignacio abrazándola por la cintura —ese día le había dicho que era la mujer más hermosa del