Los ojos de Elias eran dos astillas de hielo, su rostro contorsionado por el asco. —Sigues sin arrepentirte.
Lila tenía la cabeza ensangrentada, mirada desquiciada. —Elias, fue ella… Natalia le dijo a los de Northwood que me golpearan, que me rompieran el pie, que me arrancaran las uñas.
Él soltó una risa desdeñosa. —¿Y eso qué es? ¿No acabas de decir que se te cayeron por infección? ¿Cuántas mentiras más?
Las palabras se le atascaron en la garganta, cortada por la emoción y la lesión de la len