El estallido inicial de las llamas fue una bofetada de calor seco que consumió el oxígeno de la cámara acorazada en segundos. El reguero de gasolina, trazado con la precisión de una mente psicópata, serpenteaba por las estanterías de madera, convirtiendo los archivos secretos de los Ortiz en antorchas de papel.
—¡Valeria, muévete! —gritó Marcos, agarrándola por la cintura para apartarla de una cortina de fuego que acababa de bloquear la salida principal.
Isabel no intentaba huir. Se mantenía en