El olor a gasolina era una promesa de m@rte. Mila sostenía el encendedor a centímetros del maletín metálico. El helicóptero de Vittorio descendía, levantando un torbellino de nieve y escombros que azotaba el rostro de Mila. Desde el coche destrozado, Elena gritaba algo que el viento se llevaba, una súplica o una m@ldición, ya no importaba.
—¡Mila, no lo hagas! —rugió Dante, cubriéndose detrás de la rueda del todoterreno—. ¡Ese chip es tu única moneda de cambio para sobrevivir!
—¡No quiero compr