Eva
El ramo vuelve a subir, pero esta vez no llega a caer.
Daniel se interpone.
No lo hace con delicadeza. No lo hace con educación. Da un paso firme, se pone frente a mí y le agarra la muñeca a Hellen a medio movimiento. Las flores tiemblan entre sus dedos y por un segundo el cuarto entero se queda congelado, como si nadie supiera qué hacer con la escena.
Las maquillistas se miran entre ellas. La mujer mayor abre la boca, pero no dice nada. Alguien suelta un “Hellen…” casi suplicando.
Hellen, en cambio, no se asusta. No retrocede. No se siente avergonzada.
Sonríe.
Típico de ella.
Esa sonrisa de “yo mando aquí”, la misma que usa cuando humilla y se hace la víctima en la misma frase.
—Suéltame —dice, despacio.
Daniel no aprieta más, pero tampoco suelta.
—Ya basta —responde él.
Hellen lo mira como si acabara de descubrir algo que le da asco.
—¿Así que de verdad te atreves a tocarme en mi día? —pregunta, y su voz es dulce por fuera, podrida por dentro—. Qué inte