El domingo empieza con el sonido del teléfono vibrando sobre mi cara.
Literalmente.
Lo dejé tan pegado a mí anoche que acabo de darme un golpe en la frente cuando lo agarro.
Parpadeo, medio cegada por la luz de la pantalla.
Son las 8:37 a. m.
Y hay una notificación de Andrew.
No abro la conversación de inmediato.
Lo miro como si el mensaje fuera una bomba que puede explotar dependiendo de cómo lo toque.
Respiro hondo y lo deslizo.
No necesito leer palabra por palabra para enten