El domingo empieza con el sonido del teléfono vibrando sobre mi cara.
Literalmente.
Lo dejé tan pegado a mí anoche que acabo de darme un golpe en la frente cuando lo agarro.
Parpadeo, medio cegada por la luz de la pantalla.
Son las 8:37 a. m.
Y hay una notificación de Andrew.
No abro la conversación de inmediato.
Lo miro como si el mensaje fuera una bomba que puede explotar dependiendo de cómo lo toque.
Respiro hondo y lo deslizo.
No necesito leer palabra por palabra para entenderlo.
Con una sola mirada lo sé:
Pasé.
No dice "felicitaciones" ni nada dramático. Andrew no es de esos.
Pero se nota. Lo entiendo en la manera seca y directa en que lo escribió, en cómo me deja claro que el casting me quiere ver, que no fue un simple "ok, gracias por tu video", sino algo concreto.
El primer pensamiento que tengo es absurdo:
No estaba loca. Todavía sé actuar.
El segundo:
Esto ya no es un juego.
Me siento en la cama con el corazón acelerado.
No pego un grito,