No sé qué cara pone Andrew cuando le digo:
—Si quiere cenar conmigo, tendrá que ser en mi casa.
Hay un segundo—uno solo—en el que lo veo confundirse.
No está acostumbrado a que alguien le diga dónde, cómo y cuándo. Eso salta a la vista en su postura, en la forma en que parpadea una vez, lento.
Pero si quiero cambiar las reglas del juego, tengo que tener el control.
Aunque dudo de mí misma: no sé si alguien puede “controlar” a un hombre como este.
—¿En tu casa? —pregunta, medido.
—Sí.
—… ¿Por qu