La casa de la familia de Hellen se alzaba igual que siempre, grande, impecable, casi intimidante en su perfección silenciosa. Las ventanas cerradas, el jardín perfectamente podado, como si el tiempo no hubiera pasado por ahí.
Rubi estacionó unos metros más adelante, sin invadir la entrada principal. El motor quedó encendido.
—Última oportunidad para arrepentirte —dijo sin mirarme.
No respondí. Solo abrí la puerta.
Antes de que pudiera salir, me sujetó la muñeca.
—Espera.
Rebuscó en su bolso con