El arma estaba apuntándome, firme, sin el más mínimo temblor. Y eso fue lo que realmente me heló la sangre, no el metal, no la distancia entre nosotras, sino la seguridad absoluta con la que sostenía la decisión en su mano.
Hellen no parecía fuera de sí. No gritaba, no lloraba. No había histeria en su postura.
—Siempre creíste que eras mejor que yo —dijo con voz baja, demasiado estable para la escena que estábamos viviendo.
Tragué saliva, no podía moverme. Cada músculo estaba en alerta.
—No vi