Eva
El jardín estaba cubierto de flores blancas y luz cálida. No era un palacio ni un hotel imponente. Era una finca sencilla a las afueras de la ciudad, rodeada de árboles altos que filtraban el sol de la tarde en destellos dorados.
Yo estaba frente al espejo.
No llevaba un vestido exagerado. Era de seda, ajustado al cuerpo, con la espalda descubierta y una caída limpia que se movía con el aire. Nada dramático. Nada que gritara “mírenme”.
Rubi estaba detrás de mí, arreglando el velo.
—Si llora