Un año después, el ruido se había convertido en eco.
No había desaparecido del todo —nunca lo haría—, pero ya no dominaba cada conversación ni cada titular. El divorcio se había cerrado oficialmente meses atrás, las apelaciones se agotaron, y el nombre de Andrew dejó de aparecer en columnas legales para volver a las páginas financieras y en las noticias de Hollywood. Mi nombre, por su parte, seguía teniendo una sombra adherida al pasado, pero ahora también tenía algo más fuerte: trabajo.
Estaba