Eva
No recuerdo en qué momento dejé de temblar.
Solo sé que, cuando me di cuenta, estaba sentada en el suelo del baño, con la espalda apoyada contra la puerta y las rodillas recogidas contra el pecho, como si así pudiera hacerme más pequeña. Más invisible. Como si el mundo fuera a pasar de largo si no ocupaba demasiado espacio.
Siempre he sabido caer con elegancia frente a otros.
Sola, no tanto.
Rubí tenía razón. Eso era lo peor.
No por la forma en que me gritó, ni por las lágrimas, ni siquiera