Ese día me levanté más temprano de lo habitual. Había cierta ansiedad en mi pecho, porque se suponía que Dante y Riccardo regresarían. Y, aunque detestara admitirlo, quería que al menos la mesa los recibiera con un almuerzo decente.
Ya sabía lo que le gustaba a Dante, lo que toleraba, lo que detestaba. Semanas en su casa me habían enseñado a leerlo en los pequeños detalles: los silencios que soltaba frente a un plato, la forma en que sus ojos se endurecían cuando algo no le agradaba. Así que pu