Ameline paseaba por su habitación, ahora vestida con un camisón blanco largo atrás cuya tela rozaba el suelo de madera mientras sus pies descalzos trazaban círculos inquietos.
La lámpara en la mesita de noche emitía un resplandor suave, pero no calmaba los nervios que le apretaban el pecho. Eran casi las doce de la noche, y el silencio de la mansión, roto solo por el tictac del reloj en la pared, hacía que cada segundo se sintiera eterno. Su celular, sobre la cama, estaba abierto en el grupo d