Ameline despertó con un sobresalto, el amanecer apenas tiñendo el cielo de un gris pálido a través de las cortinas de su habitación. Eran las seis de la mañana, y el silencio de la mansión era casi opresivo, roto solo por el canto lejano de un pájaro en el jardín. Su camisón blanco se arrugaba contra las sábanas mientras se sentaba en la cama, el corazón acelerado por la anticipación del día. Hoy era domingo, el día en que Laura intentaría cruzarse con Claus Vidertti en el campo de golf de su f