Hace apenas media hora que terminé de almorzar con Alessandro. Recuerdo cómo lo pidió todo con tanta naturalidad, como si fuera algo que hubiéramos hecho varias veces antes. Para él era normal, casi cotidiano, pero para mí no lo era; era la primera vez, y cada gesto y palabra quedaban grabados en mi mente, dejando un cosquilleo extraño que no sabía cómo interpretar.
Subí a mi habitación y me senté unos minutos en la cama, intentando organizar mis pensamientos. Luego le escribí a Daniel: “¡Báñat