—No viene solo… —dijo Kaelion otra vez, pero esta vez, su voz sonó distinta. Como si sintiera que algo sagrado estaba a punto de profanarse.
Ulva sintió un escalofrío bajarle por la espalda. Las sombras entre los árboles se retorcía como si respiraran. El ambiente se tornó pegajoso, denso, casi caliente, pero no de forma natural. Era un calor que se colaba en la piel, que te hacía sudar por dentro.
—Eso no es magia común —dijo Ulva, bajando el centro de gravedad, lista para lo que fuera.
—Súcu