El río no cantaba. Solo susurraba entre las piedras, como si también estuviera cansado de tanta guerra. Ulva se agachó al borde, las rodillas en la tierra húmeda, y metió las manos en el agua. El frío le subió por los brazos como una punzada, pero no se quejó. Dejó que el río se llevara la sangre, el sudor, la rabia… al menos por un rato.
Kaelion estaba unos pasos detrás, con la lanza recostada a un tronco. Su brazo sangraba, pero no decía nada. Observaba cómo Ulva limpiaba sus manos, cómo el t