La celda estaba en silencio, rota solo por el sonido de un cubo de agua goteando lentamente sobre la piedra. Ulva entró sin escolta. Sus botas resonaban en el suelo húmedo como tambores de guerra. Cael estaba despierto, más lúcido. Sus ojos tenían la calma de alguien que ya no temía morir, pero aún tenía algo que decir.
—¿Listo para hablar? —preguntó ella sin rodeos.
—Depende —respondió él, recostado contra la pared—. ¿Listos para escuchar algo que no van a querer oír? —Ulva no se inmutó.
—Empie