La noche estaba espesa. El bosque, en silencio. Solo el crujir de las hojas bajo sus botas rompía el aire mientras Ulva regresaba a la cabaña. No había dado dos pasos cuando la voz de Fenrir la alcanzó.
—¿Vas a seguir huyendo de mí, o por fin me vas a decir qué carajo está pasando? —Ella se detuvo, cerró los ojos y respiró hondo antes de contestar.
—No estoy huyendo —dijo sin girarse.
—¿Ah, no? —Fenrir se acercó hasta quedar detrás de ella, su voz grave, suave, rozándole el cuello—. Porque cada