La piedra se cerró con un golpe seco. No había rastro. No había huellas. Nada más que el eco de un poder que no les pertenecía. Los hombres de Selene, exhaustos y frustrados, emergieron uno por uno de la entrada de la cueva, cubiertos de polvo y con los ojos aún irritados por la energía que impregnaba el lugar.
—No están. —gruñó uno de ellos, apretando los dientes—. Es como si la cueva se los hubiera tragado.
—¿O los hubiera protegido? —dijo otro, más bajo, como si el solo pensarlo le diera es