La sala del eclipse era inmensa. En el centro, Selene se alzaba como una diosa negra y a su lado, Fenrir. Vestido con una armadura de obsidiana, con la marca de Selene ardiendo en su pecho.
Ulva lo miró. Por un segundo, el mundo entero se redujo a ese instante.
—Fenrir… —Él no respondió. No frunció el ceño. No bajó la mirada, solo levantó la espada. Selene sonrió desde el trono.
—Bienvenida a tu final, Ulva. ¡Ahora sabrás lo que es ser traicionada por lo que más amaste! —Kaelion rugió. La batal