La primera luz del alba se filtraba entre las rocas de la cueva, pero no traía paz. Ulva despertó envuelta en el calor del cuerpo de Kaelion, su rostro contra su pecho, su mano enredada en la suya. Durante horas habían sido solo uno, protegiéndose del mundo. Pero ahora... algo había cambiado. Su marca palpitaba. No como antes, sin dolor, sino con una extraña claridad. Como si dentro de ella resonara un eco antiguo, un susurro que cruzaba generaciones. Cerró los ojos y escuchó: voces femeninas,