La oscuridad en la torre de hojas se estremecía con el sonido de una carcajada. Selene, con sus labios manchados de veneno y poder, había dejado de fingir. Las hadas le habían susurrado lo que nunca quiso oír, pero también lo que no estaba dispuesta a permitir.
—Se marcaron. —La palabra salió como un escupitajo. Su risa murió al instante, sustituida por un rugido de furia. De un zarpazo, destrozó el espejo encantado que flotaba frente a ella. Los fragmentos quedaron suspendidos en el aire, gira