—¡Abre la maldita puerta!
El estruendo de aquella voz hizo que las manos de Estefanía se detuvieran por un breve instante.
Miró hacia la puerta cerrada con frialdad, mientras seguía metiendo sus cosas en la maleta abierta sobre la cama.
Se llevaría cada maldita cosa. Todo lo que él le había regalado.
La ropa de diseño. Las joyas. Los perfumes caros. Todo.
Lo tomaría como el único bien que sacaría de este matrimonio.
Luego lo vendería por una alta suma de dinero.
El dinero que obtendría de esas