La bofetada resonó en el jardín como un disparo, un sonido crudo y violento que rompió el silencio de la noche. La mano de Harper ardía y el rostro de Damon, girado por la fuerza del impacto, se mantuvo inexpresivo por un instante, como una estatua de mármol.
Ella lo miró con fiereza, el corazón martilleándole en el pecho, una mezcla de rabia y adrenalina. Había cruzado una línea, una frontera invisible que debería haber seguido intacta.
Era su empleada, sí, tal vez una simple niñera, también,