Un rescate inesperado....
El tiempo en la celda se había convertido en una sustancia espesa y dolorosa. Damián flotaba en un limbo entre la vigilia agónica y un sueño infestado de imágenes del mar, de manos que se hundían en la oscuridad, de una silueta familiar siendo engullida por las olas. Los golpes de Arturo habían dejado una factura física brutal, pero sus palabras habían causado un daño más profundo, minando los cimientos mismos de su voluntad. Se aferraba a un razonamiento frío —Lucía era inteligente, estaba escondida, él había cerrado la puerta— pero la semilla de la duda, regada por el dolor y la fiebre, brotaba en forma de pesadillas vívidas.
Dos días. Los contó por las dos escuetas entregas de agua y pan que deslizaban por una ranura. Ni siquiera intentaba levantarse ya. El dolor en el costado era una entidad viva que se movía con él. Respirar era una condena.
Fue en la segunda noche, o lo que su mente asumía que era la noche, cuando el silencio opresivo del lugar estalló.
Primero fue un grito ahog