Damián

El dolor fue lo primero. Un dolor agudo y profundo que le atravesaba el costado derecho cada vez que intentaba respirar. Luego vinieron los otros: el latido sordo en la mandíbula, la quemazón en los labios partidos, el fuego difuso en los riñones y la espalda donde las porras habían encontrado su blanco. Damián abrió los ojos a un mundo de penumbra y agonía.

No estaba en el suelo del pasillo. Yacía sobre una superficie metálica, fría y ligeramente ondulada, como el piso de un contenedor de carga. El aire era espeso, cargado de un olor a óxido, salitre y algo dulzón y desagradable, como a desinfectante barato. Una única luz empotrada, protegida por una reja, brillaba en el techo a unos tres metros, bañando el espacio en un resplandor amarillento y sucio. No había ventanas. Las paredes eran de acero corrugado, salpicadas de pintura descascarada y grafitis antiguos. Una puerta maciza, con una mirilla y un panel de control electrónico, era la única interrupción en la monotonía metálica.

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