El dolor fue lo primero. Un dolor agudo y profundo que le atravesaba el costado derecho cada vez que intentaba respirar. Luego vinieron los otros: el latido sordo en la mandíbula, la quemazón en los labios partidos, el fuego difuso en los riñones y la espalda donde las porras habían encontrado su blanco. Damián abrió los ojos a un mundo de penumbra y agonía.
No estaba en el suelo del pasillo. Yacía sobre una superficie metálica, fría y ligeramente ondulada, como el piso de un contenedor de carg