Daniel Renaud miró a Lucía sin expresión, las manos aún en los bolsillos. La calle estaba casi vacía a esa hora. Un coche pasó, luego otro. El ruido de la ciudad sonaba lejano.
—¿Olvidó algo de la presentación? —preguntó, con ese tono neutro.
Lucía negó con la cabeza. Se acercó un paso.
—No, señor. No de la presentación.
Hizo una pausa. Tragó saliva.
—De algo que perdí.
Él no respondió. Solo la miró, esperando.
—Mírame —dijo Lucía, y su voz temblaba—. Damián, dime que eres tú. Dime que no te fu