El proyecto llevaba meses sobre la mesa. Una cuenta internacional, con presupuesto de siete cifras, que pondría a la agencia en el mapa europeo. Todos querían ese contrato. Desde el recepcionista hasta la directora financiera, pasando por los becarios que soñaban con tenerlo en su currículum. Era el tipo de oportunidad que solo aparece una vez en la carrera de un creativo.
La agencia había competido contra otras tres, había pasado filtros, había enviado propuestas preliminares. Y ahora, por fin