Arturo Salgado apenas tuvo tiempo de gruñir un "¿Qué—?" antes de que las manos de Damián cerraran su cuello desde atrás. No fue un agarre cualquiera. Los pulgares de Damián se clavaron con precisión quirúrgica en un punto específico a ambos lados de la tráquea, una presión intensa y sutil que cortó el flujo sanguíneo al cerebro por unos segundos críticos. Fue una técnica sucia, aprendida en otro tipo de vida, y no dejaba marcas visibles.
Los ojos de Arturo se dieron la vuelta, mostrando el blanco. Su cuerpo, un segundo antes tenso y exigente, se desplomó como un saco de arena. Damián lo sostuvo antes de que cayera al suelo y, con un esfuerzo contenido, lo arrastró hasta la cama, dejándolo caer sobre las sábanas de lino.
Lucía jadeaba, apoyada en la pared, una mano en su boca. —¿Está…?
—Desmayado. No por mucho tiempo —cortó Damián, su voz áspera como lija. No miró a Lucía; su atención estaba puesta en el hombre inconsciente. El fuego en sus ojos aún no se apagaba. Sacó del bolsillo int