Yo decido con quién me voy.
Salir de la oficina de Damián fue como caminar sobre un campo minado de emociones contradictorias. Por un lado, una sensación acre de victoria le recorría las venas. Había funcionado. Su farsa con Javier había logrado sacar al monstruo de su guarida, y no era un monstruo de hielo, sino de fuego. Un fuego que ardía por ella.
Pero por otro lado, la rabia hervía a borbotones. ¿Quién se creía él para manejarla así? Para besarla con esa ferocidad posesiva y luego despedirla con un gesto, como si fu