Damián ajustó el puño de su camisa frente al espejo deo vestíbulo. El traje le sentaba como un guante, acentuando sus hombros anchos y su espalda recta. Cuando oyó unos pasos detrás de él, se volvió.
ceñía a sus curvas y caía en un fluido elegante. El escote era discreto pero sugerente, y la máscara de plumas negras que cubría la mitad superior de su rostro solo intensificaba el misterio de su mirada y la plenitud de sus labios pintados de rojo. Estaba deslumbrante.
—Vaya —logró decir, limpiá