Damián ajustó el puño de su camisa frente al espejo deo vestíbulo. El traje le sentaba como un guante, acentuando sus hombros anchos y su espalda recta. Cuando oyó unos pasos detrás de él, se volvió.
ceñía a sus curvas y caía en un fluido elegante. El escote era discreto pero sugerente, y la máscara de plumas negras que cubría la mitad superior de su rostro solo intensificaba el misterio de su mirada y la plenitud de sus labios pintados de rojo. Estaba deslumbrante.
—Vaya —logró decir, limpiándose una mano invisible en el pantalón—. Vas a causarme un serio problema.
Ella sonrió, haciendo un giro suave.
—¿Cumplo con los estándares, jefe?
—Estás muy por encima de ellos —respondió él, acercándose. Su voz bajó a un susurro áspero—. Es una lástima que tengamos que irnos tan rápido, cuando volvamos, me voy a encargar de decirte mil veces lo bien que te queda este vestido… mientras te lo voy quitando, centímetro a centímetro, muy, muy despacio.
Lucía sintió un calor instantáneo en el ros