Jorge acortó completamente la distancia entre nosotros y puso su mano en mi cadera. Mi cuerpo se tensó de golpe. Sentir su tacto me daba ganas de vomitar o al menos golpearlo. Mi instinto me pedía apartarlo de un golpe, pero conseguí contenerme. Esto no iba de mí. Iba de aguantar para reparar mis pecados. Podía soportar su mano en la cadera para guiarme hasta la mesa, pero si bajaba un centímetro más, no sería capaz de contenerme.
—¿Qué llevaba la copa? Ambos sabemos que no era solo para el mar