Laura se quedó mirando. Estaba con el vestido que trajo al subir al barco, aunque todo su maquillaje estaba corrido y su pelo alborotado.
—Señora, ¿qué desea?
Aún me trataba de señora. Respiré profundamente, intentando expulsar con el aire un enfado que ni siquiera sabía contra quién iba dirigido.
—Para empezar, deja de llamarme «señora». Ya eres libre y sé que apenas nos conocemos, pero eres lo más cercano a una amiga que tengo en este barco.
Laura miró hacia el suelo con algo de nerviosismo.