Desperté con cierto dolor de cabeza. No era muy fuerte; era como una punzada, como una ligera resaca. Laura se había levantado y hacía estiramientos o ejercicios aeróbicos en ropa interior.
—Buenos días, Laura.
Laura pegó un pequeño brinco y se giró sorprendida.
—Buenos días, señora... digo, Natalia —respondió con una sonrisa.
Mi rostro se relajó un poco.
—¿Qué haces?
—En la isla me acostumbré a empezar la mañana con un poco de ejercicio. Entre las mujeres de la isla corría una idea: aquel luga