Jorge gruñó y terminó sobre mí. Me sentía asquerosa. No solo por lo que había hecho, sino porque una parte irracional de mí seguía sintiendo que había traicionado a Romano.
Y ni siquiera podía llorar.
Dios, quería llorar. Quería romperme allí mismo. Pero seguía sonriendo.
—¿Ves? Es mucho mejor así.
No tenía fuerzas ni para odiarlo en voz alta.
Entonces un estruendo sacudió la habitación.
Los dos miramos hacia la puerta.
Romano.
Durante un segundo pensé que la droga me estaba engañando otra vez.