Karem no dejaba de caminar de un lado a otro con el teléfono en la mano, llamando una y otra vez a sus contactos. Marcos permanecía hundido en una silla, sujetando un vaso de café que apenas había probado. Miré al traidor. Lo habían golpeado hasta dejarle el rostro irreconocible y, aun así, apenas había hablado.
Caminé hasta él. Necesitaba hacer algo, necesitaba saber por qué Alberto había vendido a mi mujer. Alberto estaba derrumbado en el suelo. Cogí una silla cercana y me senté en ella frent