Capitulo 5

Olivia

Sosteniéndole la mirada a su padre con un desafío implacable, me sacó de allí y me metió a su auto antes de que William pudiera reaccionar.

En el descapotable, el viento helado no calmaba la humillación. Lloré sin freno, sintiendo cómo a mis treinta años la traición de William destrozaba el futuro que construí a su lado por una mocosa de veintiuno. Noah condujo en un silencio denso, dándome el espacio para romperme en mil pedazos.

El auto se detuvo en un mirador solitario frente a los rascacielos. Sin mediar palabra, Noah me cubrió con su abrigo. Me aferré a la tela, respirando ese inconfundible aroma a madera y bergamota —el mismo que me persiguió durante tres años desde Madrid—. Poco después, regresó con un par de cervezas y se sentó a mi lado sobre el capó.

—Toma —dijo, mirándome de reojo con una media sonrisa—. El alcohol es la cura para cualquier herida.

Le di un trago largo, dejando que el frío me adormeciera la garganta. Nos quedamos en silencio un momento, contemplando las luces de la ciudad, hasta que él rompió la calma.

—¿Qué pasó allá atrás, Olivia?

Apreté la lata entre mis manos. Sentía demasiada vergüenza como para ponerlo en palabras.

—No quiero hablar de eso, Noah. Es... es algo entre tu padre y yo.

Él asintió lentamente, clavando la vista al frente, como si sopesara mis palabras. Pareció entender de inmediato.

—¿Hay otra mujer? —preguntó directo, sin anestesia.

Me tensé en mi sitio, pero no pude responderle. Mi silencio fue su respuesta. Noah soltó una risa amarga.

—¿Alguna vez te preguntaste por qué mi padre y yo nunca nos llevamos bien? —soltó de repente, dándole un trago a su cerveza.

Miré su perfil a la luz de la luna. Era verdad; durante los siete años que pasé al lado de William, la relación entre ellos siempre había sido una cuerda a punto de romperse, fría y distante, pero jamás entendí los motivos reales.

—Siempre me lo pregunté —confesé con un hilo de voz—. Pensé que era por los negocios de la agencia.

—No —Noah negó con la cabeza, con la mandíbula rígida—. Solíamos llevarnos bien. Hasta que llegué a la adolescencia y empecé a abrir los ojos. Me di cuenta de que mi padre le era infiel a mi madre con cuanta mujer se le atravesara en el camino. Al final la abandonó... por una modelo de la mitad de su edad.

Se giró a mirarme, y la intensidad de sus ojos verdes me cortó la respiración.

—Lo único bueno de toda esa basura es que, gracias a eso, pude conocerte a ti.

El aire se me atoró en los pulmones. Aparté la vista, sintiéndome la mujer más estúpida del planeta. Había caído exactamente en el mismo patrón que su madre, intentando construir un castillo con un hombre que no sabía ser fiel.

—Soy una idiota —susurré, y las lágrimas volvieron a nublarme la vista—. Pensé que conmigo sería diferente. Que yo era especial para él. ¿Cuánto tiempo llevará engañándome? ¿Meses? ¿Años? ¿Toda nuestra relación fue una maldita mentira?

Con el pecho más ligero por el alcohol, le confesé la verdad: los mensajes explícitos en el celular de William, su romance secreto y la humillación de saberme reemplazable.

La expresión de Noah se endureció. Se levantó bruscamente del capó, caminó a zancadas hacia la barandilla del mirador y soltó un grito, maldiciendo a su padre hacia el abismo de la ciudad.

Sentí una ráfaga de vergüenza en medio del silencio nocturno, pero Noah se giró de inmediato. Se acercó y me tomó por los hombros, obligándome a sostenerle la mirada.

—No tienes absolutamente nada de qué avergonzarte, Olivia, ni tienes por qué llorar —me dijo con una voz firme y cargada de convicción—. El que la cagó y lastimó a alguien tan valioso como tú es el que debería tener vergüenza. El que traicionó tu confianza es el que debería estar llorando ahora mismo y preguntándose qué demonios va a hacer con su vida de aquí en adelante.

Esas palabras cayeron sobre mí como un bálsamo inesperado, otorgándome un consuelo extraño y profundo. Sentí una chispa de dignidad y coraje encenderse en mi interior, disipando la espesa niebla de culpa que me tenía cautiva.

Impulsada por esta nueva fuerza, me tomé de un trago lo que quedaba de mi cerveza. Con paso decidido, caminé hasta la barandilla, me paré al lado de Noah y, haciendo una bocina con las manos alrededor de la boca, grité con todas mis fuerzas hacia el vacío de la ciudad:

—¡Al diablo con William! ¡Lo amé, pero ahora se puede ir directo al infierno!

El eco de mi propio grito pareció liberar una presión inmensa que se había acumulado en mi pecho. Me sentí increíblemente ligera, extrañamente liberada de las cadenas del «deber ser» y de la farsa en la que había vivido. Me giré hacia Noah con una sonrisa radiante, la primera sonrisa genuina que me salía en años.

Noah se me quedó mirando fijo, en completo silencio. Su expresión dura se desmoronó por un segundo y me sostuvo la mirada como si nunca me hubiera visto sonreír de verdad.

—En Madrid no pudiste sonreír así —murmuró, con la voz volviéndose áspera y baja—. Esa noche me besaste y corriste como si hubieras cometido un crimen... todo por guardarles respeto a las mentiras de mi padre.

El corazón me dio un vuelco brutal. La mención directa de Madrid me dejó helada, atrapada en su órbita.

No me dio tiempo a responder. Noah dio un paso al frente de golpe, acortando la distancia entre los dos, y me tomó de la cintura con una fuerza de hierro que me pegó directo a su pecho. Me levantó el rostro con la otra mano, mirándome con un hambre acumulada durante tres largos años.

—Esta vez no vas a salir corriendo, Olivia —susurró contra mis labios.

Y me robó un beso apasionado bajo la inmensidad del cielo nocturno. No fue un roce tímido; fue un reclamo absoluto, un choque de labios rabioso, hambriento y profundo que desató en mí todo el fuego que había intentado sofocar durante años. Mi cuerpo reconoció el suyo al instante, respondiendo al beso con una desesperación que borró a William, a la mansión y al mundo entero de mi mente.

Cuando Noah se acercó, no lo escuché. Me tomó por sorpresa, atrapando mis labios en un beso inesperado que hizo que el mundo se detuviera por completo.

Abrí los ojos por un instante, aturdida, pero no lo empujé. No sé si fue el alcohol o ese dolor asfixiante que amenazaba con consumirme, pero me quedé ahí, suspendida en el calor de su boca. Este beso era jodidamente distinto a todo lo que había conocido; los labios de Noah se sentían firmes, resueltos, y la urgencia con la que me reclamaba encendió una chispa eléctrica que jamás había experimentado con William. Débil ante la brutal intensidad del momento, dejé escapar un suspiro rendido y me solté por completo, enredando mis dedos en su cabello para devolverle el beso con la misma desesperación.

Noah me pegó más a su cuerpo, soltando un gemido ronco que me vibró directo en el pecho. Sus manos se deslizaron por mi espalda, sosteniéndome como si temiera que fuera a desvanecerme en el aire de la noche. Sin romper el contacto de nuestras bocas, devorándome, me guio hacia el asiento trasero del auto, que permanecía con la puerta abierta como una invitación directa al pecado y al olvido.

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