Olivia
El retumbo sordo de la puerta principal al estrellarse contra la pared viajó a través del vestíbulo del penthouse, haciendo vibrar los cristales del gran ventanal que daba a la silueta iluminada de Manhattan. Luego vinieron los pasos: pesados, acelerados, con la cadencia inconfundible y arrogante del hombre que estaba acostumbrado a ser el dueño de cada espacio que pisaba.
—¡Noah! —la voz de William retumbó por todo el departamento —. ¡Sé que estás aquí! ¡Da la cara, maldita sea!
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