Capitulo 4

Olivia

Un presentimiento amargo, como una gota de hiel disolviéndose en agua, se me estancó en la garganta. Con las manos temblorosas y el corazón latiéndome con fuerza en los oídos, deslicé el dedo por la pantalla. El teléfono no tenía contraseña; William siempre se había sentido demasiado seguro en su propio reino como para preocuparse por esos detalles.

Lo que encontré al abrir la aplicación de mensajes fue como un golpe físico que me dejó sin aliento. Había docenas de mensajes. Conversaciones detalladas que se remontaban a meses atrás, palabras cargadas de un deseo vulgar y promesas de encuentros clandestinos en hoteles de lujo de la ciudad. «Te extraño en mi cama, William», «El vestido que me compraste ayer me queda perfecto, no puedo esperar a que me lo quites», «No te preocupes por tu modelo, ella nunca se enterará de lo nuestro». Cada palabra escrita por una tal Camila.

El dolor fue inmediato. Sentí que la habitación daba vueltas y que el aire se volvía demasiado espeso para respirar. Toda mi vida, la entrega absoluta de mi carrera y mi tiempo para estar con este hombre, se reducía a una broma cruel. Los ojos se me llenaron de lágrimas calientes que empezaron a rodar por mis pómulos, nublándome la pantalla del celular que todavía sostenía con los dedos tiesos.

En ese exacto momento, el sonido del agua en el baño se detuvo. Un par de minutos después, la puerta se abrió y William salió envuelto en una lujosa bata de seda oscura, secándose el pelo con una toalla pequeña. Al ver la expresión de mi rostro y el celular en mi mano, su postura relajada desapareció instantáneamente, reemplazada por una tensión rígida.

—¿Qué estás haciendo con mi teléfono, Olivia? —me preguntó William.

Levanté la vista, con mis ojos hazel ardiendo por una mezcla de dolor indescriptible y una furia que jamás había experimentado.

—¿Quién es Camila, William? —mi voz tembló, pero la pregunta cortó el aire como una navaja. Le mostré la pantalla del teléfono, donde los mensajes seguían expuestos como la prueba innegable de su traición.

William apretó la mandíbula y dio un paso hacia mí, estirando la mano para arrebatarme el aparato, pero retrocedí, negándome a dejarme intimidar.

—Olivia, mi amor, baja eso. No es lo que parece —dijo, recurriendo a su tono más persuasivo, —. Es solo una chica de la empresa, una distracción sin importancia. Estaba pasando por mucha presión con la campaña y...

—¡No me mientas! —le grité, y el sonido de mi propia voz rota me sobresaltó—. ¡Llevas meses acostándote con ella! ¡Una chica de veintiún años, William! ¡Mientras me decías que me amabas, mientras planeábamos nuestra boda! ¿Cómo pudiste hacerme esto?

—¡Baja la voz! —me exigió William, perdiendo la paciencia. El rostro se le puso rojo y sus ojos oscuros se volvieron fríos y calculadores—. No voy a tolerar que me grites en mi propia casa. Lo que pasó con Camila fue solo sexo, un asunto físico que no significa nada. Tú eres la mujer de mi vida, la que llevará mi apellido. Deberías tener la madurez para entender que los hombres en mi posición a veces necesitamos un escape.

Sus palabras fueron la gota que derramó el vaso. La arrogancia con la que justificaba su infidelidad me rompió por completo, transformando el dolor en una humillación insoportable.

—¿Madurez? ¿Llamas madurez a aceptar tus porquerías? —tiré el teléfono sobre la cama con desprecio—. No me voy a casar contigo, William. Todo esto se acabó.

—No seas ridícula, Olivia —me soltó con una risa amarga —. No vas a tirar a la basura todo lo que hemos construido por un desliz sin importancia. No tienes a dónde ir, tu carrera de modelo ya quedó atrás y sabes perfectamente que me necesitas.

—Prefiero no tener nada antes que tener una vida de mentiras contigo —dije con un hilo de voz que apenas podía sostenerse en medio del llanto.

Me di la vuelta, agarré mi cartera de la mesita de noche y corrí hacia la salida de la habitación. William intentó agarrarme del brazo, pero me solté con un movimiento brusco, llena de asco. Salí corriendo de la habitación, con las lágrimas nublándome la vista y el pecho agitado por sollozos incontrolables que no podía contener.

Corrí por el pasillo de la planta alta de la mansión, buscando desesperadamente las escaleras principales porque sentía que las paredes se me venían encima. No podía pasar un segundo más en esa planta, cerca de su dormitorio. Llegué a las escaleras y empecé a bajar los escalones a toda prisa, con mis tacones resonando con fuerza y eco en el enorme vestíbulo vacío.

A mitad de camino, una silueta masculina y alta apareció subiendo en dirección opuesta, directo hacia la planta alta. Cegada por las lágrimas, casi me estrello contra él en mitad de los escalones. Al levantar la vista, me encontré con unos intensos ojos verdes que me miraban con una mezcla de sorpresa y preocupación inmediata. Era Noah.

Noah se detuvo en seco al ver el estado en el que me encontraba. Su rostro, habitualmente sereno y seguro, se distorsionó con angustia al ver mis mejillas manchadas de lágrimas, el rímel corrido y mi respiración completamente rota.

—¿Olivia? ¿Qué pasó? —me preguntó Noah, dando un paso rápido hacia mí.

No pude responder. El dolor  era tan abrumador que las fuerzas me abandonaron por completo. Las piernas me fallaron y estuve a punto de caer, pero Noah fue más rápido. Sin pensarlo dos veces, dejó caer la maleta que llevaba en la mano y me atrapó por la cintura, pegándome firmemente contra su pecho.

No me resistí. Me aferré a Noah como si fuera el único anclaje en un mundo que se derrumbaba a mi alrededor. Escondí la cara en el hueco de su cuello, dejando que mis lágrimas fluyeran libremente, mojando la fina tela de su camisa. Noah me rodeó con sus brazos fuertes, apretándome contra él con una urgencia desesperada, como si quisiera protegerme de todo el dolor del universo con su propio cuerpo.

—Shh... Estoy aquí —me susurró al oído, con su voz profunda vibrando con pura angustia al verme sufrir. Sus manos me acariciaban la espalda con ternura, pero sentí cómo su cuerpo se tensaba; una furia asesina empezaba a gestarse en su interior contra el responsable de mis lágrimas.

En ese instante, el eco de unos pasos pesados resonó desde lo alto de las escaleras. La puerta de metal del piso de arriba se abrió de golpe y la silueta de William Bennett apareció en el umbral, con la bata todavía entreabierta y el rostro deformado por la rabia.

William se detuvo en seco al mirar hacia abajo. Desde su posición, la escena era tan clara como destructiva: su hijo, el heredero que tanto intentaba controlar, me sostenía en sus brazos mientras yo me aferraba a él con una intimidad y una desesperación que jamás le había mostrado a él.

La mirada de William se clavó en la de Noah. Los ojos verdes del joven destellaron con un desafío frío y protector, sin ninguna intención de soltarme, mientras que los ojos oscuros de mi prometido se encendieron con una furia  que prometía consecuencias devastadoras para todos.

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