Mundo ficciónIniciar sesiónEl trayecto desde el mirador hasta su penthouse fue una nebulosa de velocidad, sombras y una tensión tan densa que amenazaba con ahogarnos dentro del auto. Noah conducía con una mano firme en el volante y la otra aplastada contra mi muslo, apretando la carne por encima del vestido con un dominio que me hacía estremecer. No cruzamos una sola palabra. No hacía falta. El peligro y el deseo hablaban por nosotros.
En cuanto la puerta de su departamento se cerró tras nosotros, la penumbra del elegante penthouse de Manhattan nos tragó por completo. La vista de los rascacielos iluminados a través de los enormes ventanales apenas daba luz para adivinar las formas. Noah no me dio tiempo de respirar. Me acorraló de espaldas contra la fría puerta de entrada, envolviendo su mano en mi cuello para levantarme el rostro y estrellar su boca contra la mía. El choque fue brutal. No había ternura en la forma en que su lengua forzó la entrada a mi boca, devorándome con un hambre salvaje, retenida durante tres malditos años. La culpabilidad me golpeó el pecho como un puñetazo: Noah tenía solo veintitrés años. Era siete años menor que yo. Era joven, impulsivo, poseía una energía física arrolladora... y era el único hijo del hombre con el que hasta hace unas horas pensaba casarme. El hijo de William. ¿Qué demonios estoy haciendo?, me grité internamente mientras mis manos buscaban frenar su avance, empujando sus hombros anchos. Pero en cuanto sentí la firmeza de sus músculos bajo la tela de su camisa, la barrera del sentido común se desmoronó. La humillación de la infidelidad de William me quemaba por dentro, y el cuerpo de Noah, joven, caliente y sin reservas, era el único anestésico capaz de apagar el dolor. —Olivia... —gruñó contra mis labios, bajando la boca hacia mi mandíbula y mordiendo la piel sensible debajo de mi oreja hasta hacerme soltar un gemido ahogado. Sus manos bajaron por mi espalda con una desesperación imprudente, agarrando la tela de mi vestido de alta costura para rasgar el cierre de un solo tirón seco. El vestido cayó al suelo, dejándome en una fina lencería de encaje. La mirada de Noah descendió por mi cuerpo y sus ojos verdes, oscurecidos por la lujuria pura, parecieron devorarme viva. Me tomó por los muslos y me levantó en vilo. Instintivamente, enredé mis piernas alrededor de su cintura. Sentí la dureza de su erección presionando directo contra mi pelvis a través de la tela de su pantalón, un volumen e intensidad que me dejó sin aliento. Me llevó a zancadas por el pasillo hasta la enorme cama de su habitación, dejándome caer sobre el colchón. Se despojó del saco y se desabotonó la camisa con una prisa feroz, revelando un torso esculpido, ancho y tenso por la adrenalina. La diferencia entre él y William era abismal. Mientras William me tocaba con una parsimonia calculada y rutinaria, Noah me miraba como un depredador a punto de destrozar a su presa. Se posicionó entre mis piernas, abriéndolas sin contemplaciones. Arracó el encaje de mi ropa interior con una fuerza que me hizo jadear. La vergüenza y el morbo se mezclaron en mi sangre cuando sus dedos largos y calientes se deslizaron directamente entre mis labios húmedos, encontrándome empapada por la anticipación. —Mírate... —susurró con la voz rota, introduciendo dos dedos de golpe dentro de mí, trabajando un ritmo rápido y profundo mientras su pulgar presionaba mi clítoris—. Estás hirviendo para mí, Olivia. Sabes exactamente de quién es este cuerpo esta noche. Un arqueo violento sacudió mi espalda. El placer me golpeó de forma casi dolorosa. Me odié por desearlo así, por permitir que el hijo de mi prometido me tomara de esta manera tan explícita, pero la sensación de sus dedos entrando y saliendo con brutal destreza borró cualquier rastro de moralidad. Noah se deshizo de su pantalón. Antes de que pudiera procesar la visión de su anatomía rígida y pulsante, se inclinó sobre mí, sujetó mis dos muñecas por encima de mi cabeza con una sola mano y alineó su cabeza con mi entrada. —Mírame a los ojos —ordenó, rasposo y dominante. Lo miré. Clavé mis ojos miel en los suyos justo cuando empujó la cadera hacia adelante, enterrándose en mí de un solo estallido fluido y profundo. El grito se me atoró en la garganta. La plenitud fue desgarradora. Noah era más grande, más firme y extraordinariamente más exigente. Se quedó inmóvil un segundo, sepultado en mi interior hasta la raíz, disfrutando de la forma en que mi cuerpo se contraía desesperadamente a su alrededor para adaptarse a él. —Tres años... —siseó contra mi cuello, empezando a embestir con una cadencia violenta y pesada—. Tres malditos años soñando con el momento de meterme dentro de ti y borrar las marcas de mi padre. Cada embestida suya hacía resonar el cabecero de la cama contra la pared. Noah no fue gentil. Me tomó con una rabia posesiva, buscando cada ángulo sensible, golpeando mi punto más profundo con una precisión que me hizo perder el control de mis propios sentidos. Mis uñas se clavaron en sus hombros desnudos mientras gemía su nombre sin poder evitarlo, entregándome a la cadencia salvaje de sus caderas. No satisfecho con la posición, Noah se incorporó de golpe, jalándome del talle para sentarme sobre su regazo. Me obligó a cabalgarlo, sosteniéndome por las caderas mientras subía y bajaba sobre él, hundiéndome hasta el límite. Ver la mezcla de dolor y éxtasis en su rostro de veintitrés años, sabiendo que yo era la única mujer capaz de volverlo loco, encendió un fuego perverso en mi vientre. Aumenté el ritmo, moviendo mi pelvis de forma pecaminosa contra la suya hasta que el sonido de nuestras pieles chocando llenó la habitación. Noah soltó una maldición, me giró de golpe y me puso sobre mis manos y rodillas en la cama. Se pegó a mi espalda, me sujetó firmemente por las caderas y me penetró por detrás con un ángulo aún más profundo y descarado. La sensación de invasión y placer puro fue tan abrumadora que enterré la cara en las almohadas, soltando sollozos de puro éxtasis mientras él embestía sin piedad, marcando su territorio en cada rincón de mi carne. El clímax me atrapó con la fuerza de un rayo. Mi vagina se contrajo en espasmos violentos alrededor de él, ordeñándolo. Noah sintió mi liberación y, con un rugido sordo que brotó desde lo más profundo de su pecho, dio tres embestidas finales y descaradas antes de venirse dentro de mí, derramando su calor en una oleada pulsante que nos dejó a ambos completamente exhaustos. Colapsó sobre mi espalda, jadeando pesadamente, abrazándome contra su pecho sudoroso. Nos quedamos así durante varios minutos, suspendidos en la penumbra, recuperando el aliento entre las sábanas revueltas. El olor a sexo, sudor y a su colonia llenaba la habitación. Yo estaba temblando, procesando la locura que acababa de consumar. La culpabilidad amenazaba con regresar, pero el calor de Noah envolviéndome me hacía sentir viva por primera vez en años. De repente, el silencio de la madrugada fue destruido. El eco distante de un portazo retumbó desde la entrada del penthouse, seguido por el sonido de pasos pesados y apresurados que resonaban con rabia sobre el suelo de madera del pasillo principal. —¡Noah! —la voz de William retumbó por todo el departamento —. ¡Sé que estás aquí! ¡¿Dónde está Olivia?!






