El hijo de mi prometido me desea
El hijo de mi prometido me desea
Por: Hanabi
Capitulo 1

Cuando Noah se acercó, no lo escuché. Me tomó por sorpresa, atrapando mis labios en un beso inesperado que hizo que el mundo se detuviera por completo.

Abrí los ojos por un instante, aturdida, pero no lo empujé. No sé si fue el alcohol o ese dolor asfixiante que amenazaba con consumirme, pero me quedé ahí, suspendida en el calor de su boca. Este beso era jodidamente distinto a todo lo que había conocido; los labios de Noah se sentían firmes, resueltos, y la urgencia salvaje con la que me reclamaba encendió una chispa eléctrica que jamás había experimentado con William. Débil ante la brutal intensidad del momento, dejé escapar un suspiro rendido y me solté por completo, enredando mis dedos en su cabello para devolverle el beso con la misma desesperación.

Noah me pegó más a su cuerpo, soltando un gemido ronco que me vibró directo en el pecho. Sus manos se deslizaron por mi espalda de forma posesiva, sosteniéndome como si temiera que fuera a desvanecerme en el aire de la noche. Sin romper el contacto de nuestras bocas, devorándome, me guio con pasos urgentes hacia el asiento trasero del auto, que permanecía con la puerta abierta como una invitación directa al pecado y al olvido.

Entramos al vehículo a tropiezos, buscando refugio del viento y de los ojos del mundo. En la penumbra del coche, el ambiente se volvió denso, sofocante, cargado de una electricidad insoportable. Noah me recostó contra los asientos de cuero y se posicionó entre mis piernas con una devoción casi reverente, aunque sus movimientos delataban un hambre contenida durante años. Sus manos temblaban sutilmente mientras acariciaba mis muslos, subiendo el vestido que horas antes estaba destinado a celebrar otra unión.

—Olivia... —susurró contra mis labios, con la voz rota, pesada, sonando como una súplica—. He soñado con esto cada maldita noche desde que tengo memoria.

No respondí con palabras; solo lo atraje más hacia mí, queriendo acallar los malditos pensamientos que amenazaban con regresar. Con movimientos torpes por la prisa, Noah deshizo el cierre de mi vestido, dejando que la tela cayera y exponiendo mi piel al calor asfixiante del habitáculo. Sus manos, calientes y rudas, bajaron por mis costados, delineando mi cintura antes de arrancar la fina lencería que me cubría. No hubo delicadeza, solo una necesidad ciega de poseer y ser poseído.

Me abrió de piernas con firmeza, acomodándose en el espacio que sus manos acababan de reclamar. Sentí la dureza de su miembro, caliente y palpitante, presionando directamente contra mi intimidad, que ya se encontraba completamente empapada por la anticipación y el deseo acumulado. Su boca bajó a mi cuello, mordiendo y succionando la piel sensible, arrancándome un grito ahogado que rebotó en los cristales empañados del auto.

¿Cómo carajos llegué aquí? Hace apenas unas horas estaba planeando una vida perfecta. Y ahora estaba desnuda en el asiento trasero de un coche, entregándome al sexo con el hombre menos esperado. Un hombre prohibido. El hijo de mi prometido.

Dias antes..

El murmullo de la alta sociedad neoyorquina llenaba el salón de la mansión Bennett. Copas de cristal, risas ensayadas y un hilo de jazz pretencioso que solo me daba dolor de cabeza. Respiré hondo, fijando en mi rostro la sonrisa impecable que los diseñadores me habían pagado por lucir durante años. Mi vestido de alta costura se amoldaba a mis curvas a la perfección, pero esta noche no lo sentía como moda; lo sentía como una armadura asfixiante.

A mi lado, William Bennett sostenía su copa de champán con la confianza ciega del hombre que se sabe dueño del mundo. El magnate de la publicidad, el hombre que manejaba los hilos de la ciudad y el hombre al que yo, firmemente, amaba. Lo amaba con una devoción madura, construida a base de lealtad, proyectos compartidos y la estabilidad que tanto había anhelado. Sin embargo, cuando me rodeó la cintura, pegándome a su costado con un agarre firme para arrastrarme hacia un grupo de inversores, no hubo chispas. 

—Sonríe, mi vida —me susurró al oído —. Todos están ansiosos por ver al heredero, pero tú sigues siendo la joya de la corona.

—Lo sé, amor... pero hoy el protagonista es tu hijo, si se digna en llegar a tiempo —le respondí, forzando una sonrisa que estuvo a punto de rompérseme en las comisuras.

Las manos me sudaban dentro de los guantes de seda. La fiesta era lo de menos; mi verdadero tormento era el regreso de Noah. Hace tres años, durante un viaje a Europa con William, ocurrió algo con él en Madrid. Un cruce de líneas prohibidas, un secreto desastroso que juré enterrar para siempre. Desde entonces, la sola idea de volver a verlo me producía náuseas de pura ansiedad.

De pronto, el portón principal se abrió de par en par y el cuerpo de William se puso rígido a mi lado. Avanzando por el pasillo venía la pesadilla que intenté evitar: Noah Bennett.

Mi estómago se cayó a pedazos. El muchacho de diecinueve años que recordaba había desaparecido; en su lugar había un hombre imponente, de espalda ancha y postura dominante. Mantuve la mirada clavada en el suelo, pero cuando se detuvo a dos metros de nosotros, la gravedad de su presencia me obligó a alzar la vista.

Fue un error. Unos ojos verdes y afilados me barrieron de arriba abajo con una intensidad tan cruda que me sentí desnuda. No era la mirada de un futuro hijastro; era la del hombre que guardaba mi pecado más sucio. Una descarga de culpa y adrenalina pura me dejó paralizada.

—Bienvenido a casa, Noah —dije, forzando un tono dulce que mi voz, temblorosa y a punto de quebrarse, casi arruina por completo.

Evité sus ojos a toda costa, fijando mi atención en la solapa de su saco.

—Gracias, Olivia —respondió. Su voz era ahora más grave, rasposa y cargada de una intención oculta que me quemó la piel. Luego desvió la mirada, fingiendo una indiferencia que solo nosotros dos sabíamos que era falsa.

William rompió la abrumadora tensión dándole una palmada ruidosa en la espalda, arrastrándolo de inmediato al terreno de las finanzas y los negocios. Incomoda, sintiendo que el aire se me agotaba en los pulmones, di un paso atrás con disimulo. Murmuré una excusa sobre atender a unos invitados y me alejé a toda prisa, necesitando huir de él con urgencia.

Buscando las puertas que daban a la terraza, me topé con Diana Morales. La exesposa de William y madre de Noah me miraba con una elegancia fría, balanceando el líquido de su copa.

—Relájate, Olivia —me soltó Diana con voz suave pero arrastrada—. Mi hijo viene de un vuelo transatlántico eterno; no esperes que derroche simpatía. No te lo tomes como algo personal, querida.

—Sí... seguro es solo eso —atiné a decir, aferrándome a su justificación como a un salvavidas. Quise convencerme de que la hostilidad de esos ojos verdes era simple fatiga de viaje. Tenía que serlo. Si Noah abría la boca, mi vida entera se destruiría.

Pasé la siguiente hora escondiéndome entre conversaciones banales, asegurándome de mantener la mayor distancia posible con el grupo de los Bennett. Pero el destino parecía disfrutando de mi angustia. Cuando la orquesta cambió el ritmo hacia una pieza clásica, más lenta y envolvente, cometí el error de quedarme sola cerca de la pista.

De repente, una corriente de calor abrasador me erizó la nuca. 

—¿Me concedería este baile, futura madrastra? —el susurro de Noah vibró en mi oído, provocando que me diera un respingo violento.

Giré sobre mis talones para encararlo, pero me topé con el muro de su pecho antes de poder reaccionar. La cercanía me sofocaba. Mi mente me gritaba que saliera corriendo, pero las miradas de la alta sociedad estaban sobre nosotros. No podía hacer un escena.

—Noah, por favor... —murmuré, con la voz ahogada por el pánico mientras sus manos me tomaban para incorporarnos a la pista. No podía mirarlo a los ojos; me concentré desesperadamente en el nudo de su corbata—. Ha pasado mucho tiempo. Me alegra ver que te has convertido en un hombre de bien...

Noah detuvo el paso por una fracción de segundo. Un movimiento fríamente calculado que me obligó, por puro instinto, a clavar mis ojos en los suyos.

Una sonrisa se dibujó en sus labios. Su mano en mi cintura se volvió de hierro, acortando la distancia entre nuestros cuerpos de una manera descarada, una proximidad que William jamás se atrevería a tomar en público.

—No intentes jugar a la madrastra perfecta conmigo, Olivia —me susurró al oído, bajando la voz al punto de que el aliento me quemó el cuello—. Los dos sabemos perfectamente lo que pasó en Madrid. Y en estos tres años... lo único que hiciste fue volverte más tentadora.

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