Capitulo 2

La melodía del vals envolvía la pista de baile, pero para mí, el aire se había vuelto denso, casi imposible de respirar. La mano de Noah en mi cintura se sentía firme, demasiado cálida contra la brisa fresca que se filtraba por los ventanales. Intenté mantener la postura de la anfitriona perfecta, pero la cercanía del hombre de veintitrés años que ahora me sostenía me aterraba. Todo en él me recordaba a esa noche en Madrid.

—No deberías decir cosas así, Noah —le dije, forzando una sonrisa ligera y tratando de sonar firme. Mi tono delató los nervios que hacían que mi corazón martillara desbocado—. Lo que pasó en el pasado fue un error. Ahora estoy a punto de casarme con tu padre y seré, oficialmente, parte de tu familia.

Noah detuvo sutilmente su avance en la pista, obligándome a parar con él. Sus ojos verdes, oscuros y penetrantes bajo las luces de la gala, me barrieron con una intensidad que me dejó un vacío repentino en el estómago.

—Ambos sabemos que no fue un error, Olivia —respondió, y su voz profunda pareció vibrar directo en mi pecho.

Sus palabras cayeron como una amenaza silenciosa que me dejó sin aliento. Sintiendo que el pánico amenazaba con destrozar mi máscara de serenidad, reaccioné por instinto. Con suavidad pero con firmeza, lo tomé del brazo para guiarlo hacia uno de los rincones más apartados del salón, lejos del centro de la pista donde docenas de ojos curiosos nos observaban.

Al apoyar mis dedos en el brazo de Noah, sentí cómo su cuerpo se tensaba al instante bajo la fina tela de su esmoquin. El músculo firme de su bíceps se contrajo ante mi tacto y una corriente peligrosa subió por mis dedos, obligándome a desviar la mirada hacia el otro extremo del salón, donde William discutía sutilmente con su exesposa, Diana.

—Parece que tu padre y Diana siguen teniendo sus diferencias —comenté, intentando desviar el tema y romper la tensión con un tono casual—. Ahora que has regresado a Nueva York, espero que las cosas se calmen. Deberíamos intentar llevar la fiesta en paz, Noah... por el bien de tu padre y de la familia.

Lo miré esperando una tregua, pero Noah solo me sostuvo la mirada en absoluto silencio. Sus labios permanecieron cerrados en una línea tensa, y sus ojos se oscurecieron aún más, cargados de una posesividad y un resentimiento que me erizaron la piel. Para él, mi intento de actuar como la prometida de su padre era un chiste de mal gusto.

De repente, las luces principales del gran salón comenzaron a atenuarse, enfocando los reflectores en el centro de la estancia. William, con su elegancia distinguida, se subió al estrado frente al micrófono. Con un gesto afectuoso de la mano, me indicó que me acercara.

—Queridos amigos y socios —comenzó William, y su voz persuasiva llenó cada rincón de la mansión—. Esta noche no solo celebramos el regreso de mi hijo Noah, sino también el futuro de nuestra familia. Quiero dar el paso definitivo ante todos ustedes y pedirle formalmente matrimonio a la mujer que ha transformado mi vida.

William extendió su brazo hacia mí. Caminé hacia él sintiendo el peso de cientos de miradas sobre mis hombros, incluida la de Diana Morales, quien sostenía su copa de champán con un desprecio evidente.

Lo amo, me repetí mentalmente mientras me colocaba a su lado. Lo amaba por la seguridad y la estabilidad que me había dado todos estos años.

Pero lo que de verdad me congeló la sangre fue la mirada de Noah desde la penumbra. Sus ojos verdes me devoraban mientras apretaba la mandíbula con tal fuerza que un pequeño músculo en su mejilla no dejaba de tensarse. William, completamente ajeno a la tormenta silenciosa que se desataba entre su hijo y su prometida, me tomó por la cintura.

—¿Te casarías conmigo, Olivia? —susurró para que todos lo escucharan, sellando la propuesta con un beso en mis labios.

El beso de mi prometido fue firme, reclamándome como suya ante el mundo, pero no despertó nada en mi interior. Fue un roce seco, desprovisto de la pasión que la sola presencia de Noah acababa de desenterrar. Mientras los aplausos resonaban en la mansión, yo no podía dejar de pensar en que el secreto que compartía con el hijo de mi prometido amenazaba con destruirlo todo.

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