El salón de la Fundación Doménica Vancroft tenía techos de seis metros y arañas de cristal que el comité encendía solo una vez al año. Julián las había visto encenderse desde niño. Esa noche, sin embargo, lo único que iluminaba el lugar entró por la puerta principal a su lado, de rojo, y le quitó toda la atención al techo.
No fue idea suya darle el brazo. Fue el fotógrafo del patronato, que los esperaba en la alfombra y dijo «los Vancroft, por favor, juntos», y Elena deslizó su mano por debajo