Julián bajó a desayunar a las siete y la encontró ya vestida, de pie junto a la isla de la cocina, revisando el teléfono con una taza de café solo en la mano.Se quedó un segundo en el umbral. La noche anterior, cuando volvió de la torre, la casa estaba a oscuras y la puerta del estudio cerrada con llave. Había dado por hecho que ella no regresaría, que la conversación de la mañana venía con maletas. Se equivocó. Elena se había ido a trabajar como cualquier martes, había firmado quién sabe cuántos contratos para la empresa que llevaba su apellido, y había vuelto a dormir bajo su techo, porque la casa también era de ella, porque la cláusula los encadenaba a los dos por igual.Eso le molestó más que un portazo.—Hay café —dijo ella sin levantar la vista—. Hice de más por costumbre. No interpretes nada.—No interpreto nada.—Bien.Se sirvió. La cafetera, notó, estaba programada para las seis y media. ¿Desde cuándo? Llevaba tres años bebiendo ese café y nunca se había preguntado a qué hor
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